viernes, 21 de abril de 2017

GARGALLO 3. EL ESCULTOR DEL VACÍO

Autorretrato

En íntima relación con su amigo Julio González, aunque sin olvidar nunca sus raíces modernistas, la obra más conocida de Gargallo es la realizada durante los últimos años en donde (desde las sugestiones que ya analizamos de Rodín y siguiendo las líneas planteadas por el cubismo y la escultura del citado Julio González) realiza sus grandes, pero siempre sutiles, vacíos.

En muchas ocasiones cabezas, su talento logra definirnos los rostros a través de lo que no existe, el vacío que encierran sus sutiles líneas, apenas un esbozo dibujado en el aire que utiliza las técnicas de chapa recortada de su primera etapa experimental para la investigación de lo tridimensional que ya se había iniciado anteriormente con su trabajo con formas cóncavas y convexas.
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Kiki de Montparnasse

Para ello necesita de un espectador activo tanto en lo físico (los múltiples puntos de vista nos aportan informaciones simultáneas sobre este no-espacio y su construcción) como en lo mental (pues, como en el mundo cubista, nuestra mente ha de recrear la imagen a través de las pistas figurativas que se nos aportan y unas pestañas apenas recreadas nos muestran una mirada o el suave moverse de unas curvas nos plantean cómo reconstruir una boca y sus labios finos).


Junto a esta genialidad, y como ya habíamos mencionado, queda la elegancia de la curva modernista, el gusto por el detalle sofisticaso de su aprendizaje como orfebre que le aleja del radicalismo geométrico de Julio González que participaba del mismo juego pero de una forma más extrema y vanguardista.

Valga la comparación de estas dos obras para ver hasta donde estaba dispuesto a llegar cada uno de los autores


Gargallo. Urano


Julio González

Todas estas investigaciones se plasmarán en su obra maestra que ya analizamos aquí: el profeta


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