miércoles, 13 de junio de 2012

Análisis y comentario del DISCÓBOLO DE MIRÓN



Tema. Las obra nos presenta la figura de un atleta en pleno esfuerzo, con una función puramente estética: la plasmación de la belleza desde una óptica antropocentrista, representando al hombre como ideal, muy alejado de la visión religiosa de épocas anteriores (Egipto). (Según algunos historiadores podría tratarse de un héroe o una simple representación simbólica de uno de los símbolos que unían a todas las polis, los Juegos Olímpicos)
Tipología. Se trata de una figura individual y exenta.
Material. Aunque la imagen que comentamos (copia romana) esté realizada en mármol tallado, suponemos que el original debió estar fundido en bronce, pues es conocido que Mirón fue especialmente broncista. (No se advierten postizos).
Composición. Se trata de un bloque abierto con clara ruptura de la ley de la frontalidad (aunque con un punto de vista preferente, precisamente el lateral). Mirón se plantea una doble misión en la composición, crear un movimiento armónico. Para ello, en una novedad sin precedentes, utiliza diagonales dobles que se contrapesan entre sí, creando dinamismo en las distintas partes del cuerpo que, en el conjunto, se armoniza al contraponer movimientos contrarios. (De la misma manera juega con curvas contrapuestas)

El modelado de la escultura resulta un tanto plano (especialmente en el pelo y los músculos), que no permite excesivos claroscuros (aunque en el bronce original generaría probablemente otra sensación, haciendo resbalar la luz)
Aunque nos encontremos con una escultura monócroma muy probablemente el original se encontrara policromado (al menos pelo y ojos), como era habitual en la época.
La figura resulta idealizada y proporcionada, con un canon un tanto esbelto (sobre todo si lo comparamos con sus contemporáneos, como Fidias o Polícleto) y poco musculoso. La resolución anatómica resulta perfecta, así como su estudio anatómico. En cuanto a la expresión, resulta un tanto sorprendente su gesto inexpresivo en pleno esfuerzo físico, lo cual podía achacarse a su interés por no perder armonía en el conjunto. Por otra parte, el pelo, aún demasiado pegado al cráneo, todavía acusa cierto arcaísmo.


COMENTARIO.
El propio desnudo, añadido al tema (sin referencias religiosas), nos habla claramente de un carácter antropocentrista que caracterizó a la escultura griega. Por otra parte, el interés por la armonía (en la composición ya analizada o la propia proporcionalidad de la anatomía) son típicos de la fase clásica de dicho arte que se alcanzó en el siglo V a. C, momento de crecimiento político y económico derivado de la victoria sobre los Persas en las Guerra Médicas y la apropiación del tesoro de Delos. Será el periodo regido por Pericles, con las obras de la Acrópolis y los grandes escultores: Mirón, Polícleto y Fidias.
Artísticamente, esta fase supuso la culminación de todo un largo proceso que, derivando de modelos estéticos egipcios (época arcaica), logró encontrar nuevas fórmulas en el llamado Periodo Severo (contraposto, mayor trabajo de paños y anatomía, apertura del bloque... como ya vimos en Kritias y sus Tiranicidas), que ahora serán tratadas con total soltura, insistiendo en la idea de proporcionalidad como expresión máxima de la belleza, entendida ésta como armonía y proporción entre las partes, regida por la matemática y utilizada a través del canon (cabeza como medida).

La belleza, por tanto, se expresa de una forma racional, conectando el arte al hombre, como es típico en esta sociedad griega de carácter antropocentrista en donde el hombre es la medida de todas las cosas, al contrario de lo que sucedía en las artes arcaicas (Egipto, Mesopotamia...), dominadas por la religión y una visión teocentrista que tendía al colosalismo (en arquitectura) o al hieratismo, la frontalidad o la tendencia a la geometría (escultura).
De la misma manera, se utilizará el mármol o bronce como materiales bellos, destinando las esculturas a lugares públicos en donde sean los hombres (y no los dioses) los espectadores y receptores de esta obra que ya no contiene ningún mensaje religioso sino simplemente estético, el crear el placer por la pura belleza (En este sentido el arte griego se podía entender como un arte por el arte, sin otras finalidades).
Refiriéndonos concretamente a la escultura, máximo logro de Mirón, podemos observar aún algunos rasgos que la colocan en el umbral de este clasicismo del que hablamos, en especial en el tratamiento un tanto plano de los músculos, el pelo o la falta de expresión que muy pronto serán superadas por Polícleto (su Doríforo estará más modelado, insistiendo aún más en la proporcionalidad) o Fidias (que conseguirá un mayor dinamismo con su técnica de los paños mojados o una mayor expresión psicológica en sus famosos relieves del Partenón).
Aún con esto, el Discóbolo se convertirá rápidamente en un símbolo de lo clásico (tanto por su ruptura de la frontalidad y su atrevida composición, como por la novedad del tema, alejada por completo de cualquier contenido religioso, perfecta representación del ideal del hombre cultivado por el mundo clásico), tal y como demuestra la existencia de numerosas copias que realizaron los romanos para adornar sus propias residencias. De la misma manera la consideraron en el arte del Renacimiento (como Miguel Ángel en sus Capillas Mediceas) llegando casi a nuestros días con la recreación que hizo de su composición Rodin en su Pensador 


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