martes, 4 de abril de 2017

RODIN. LOS BURGUESES DE CALAIS


Junto a Balzac, esta obra constituye la versión más expresionista de Rodin que, como vamos viendo, nunca se atuvo a un principio único y mantuvo vivas numerosas formas de hacer en su obra.
Se trató de un encargo municipal que tuvo una compleja historia, pues los representantes de Calais nunca llegaron a comprender verdaderamente el arte de Rodin y sus propuestas, tan radicales, chocaron con un espíritu conservador que todavía pensaba en monumentos conmemorativos pasados.

El origen del tema recuerda una historia de la ciudad, cuando en 1347, al inicio de la Guerra de los Cien Años, Eduardo III sitió la ciudad. El Concejo y los ciudadanos pidieron pactar la rendición y la respuesta del rey fue, al menos, peculiar: arrasaría la ciudad si no se entregaban  seis ciudadanos de la misma que partieran hacia él, descalzos, en camisa y con una soga al cuello, llevando en sus manos las llaves de la ciudad y el castillo.
Eustache de Saint Pierre, un acaudalado burgués, se ofrece como voluntario, y junto a él cinco prohombres más que acudieron ante el rey inglés, que les termina perdonando la vida ante los ruegos de la reina.

Probablemente, y como ya apuntábamos más arriba, el concejo munipal pensaba en un monumento de alto pedestal y sumamente heroico, pero no es eso lo que propuso Rodin que, pese a sus tres bocetos, conservó las ideas fundamentales hasta el final.
Si observamos la obra nos encontramos con las seis figuras pero nada de convencionalismo.
Son seis grandes hombres (algo más altos que el natural), juntos pero aislados en su tragedia personal, en donde las camisas y las sogas se han convertido en harapos e instrumentos de tortura que aún hace más fastasmagóricos sus cuerpos, escuálidos y deformes.

Rodin ha renunciado por completo a las composiciones tradicionales (se le proponía una pirámide) para crear una idea realmente novedosa (más pictórica que escultórica) en donde las figuras se aislan y se complementan, se muestran individuales frente a las demás pero las necesitan para acabar sus tensiones y lograr sus equilibrios.
Esta masa humana, además, se muestra sin podio (ante lo cual hubo nuevas protestas del consistorio), creando un verdadero bosque de figuras que impide el espectador una visión conjunta y le obliga a girar una y otra vez para ver los distintos gestos que se ocultan uno tras otro.

Con todo ello, Rodin logra crear un retrato colectivo en donde cada individualidad importa.

Una individualidad que (como ocurría en los Fusilamientos de Goya) se enfrenta de forma singular al destino que le espera, desde el heroísmo al miedo.

El tratamiento al que somete Rodin a sus figuras es uno de los más espléndidos de su larga y fecunda obra.

Sus anatomías se muestran enflaquecidas y atormentadas, con una manifiesta desproporción de manos y pies que se vuelven verdaderamente monstruosos y sirven como vehículo de expresión (un verdadero expresionismo decenas de años antes de existir)

Es la lección de Miguel Ángel maduro llevado a su extremo (pero también del último Donatello) que se une con el retrato y se culmina con un tratamiento de la superficie paralelo a la pincelada suelta del impresionismo, en donde la superficie se manipula para multiplicar hasta el infinito los distintos planos que cambian el comportamiento de la luz según la hora del día o la posición del espectador



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