viernes, 24 de febrero de 2017

LAS AGUSTINAS DE MONTERREY EN SALAMANCA (2), LA OBRA DE RIBERA


Si la arquitectura, escultura y trabajo en piedras duras es verdaderamente excepcional (como se puede ver en la primera parte), aún lo es más la calidad de sus pinturas, muchas de ellas realizadas por Ribera, al que el conde de Monterrey conociera y encargara en el mismo Nápoles en donde fuera Virrey.
Un pequeño estudio sobre ellas nos habla de la pluralidad estilística del pintor, como ya comentamos hace un tiempo.
Así, podemos encontrar modelos y formas más tradicionales en su quehacer en la Piedad que corona todo el retablo central: sus maneras tenebristas, su composición cerrada y ese colorido macilento de la piel que le hiciera famoso en Roma.
En esta obra el paisaje no tiene cabida y la belleza es sustituida por la expresión.

En un camino tenebrista, pero con ciertas concesiones al color y la belleza nos podemos encontrar otras obras, como el nacimiento.

Y frente a todo esto nos aparece el Ribera más veneciano, tanto en el color como en el culto a la belleza.
Nos llega en la figura de San Genaro (que luego será reutilizada, años después, para la capilla del santo de Nápoles).
Su amplia composición en diagonal se acomoda perfectamente al vuelo, con una gran riqueza cromática y el paisaje reaparecido, el eterno Vesubio y la bahía de Nápoles.
Estos modos llegarán a su perfección a su inmaculada, verdadera obra maestra del pintor.
Se trata de un cuadro de una riqueza insuperable, con un colorido lleno de anaranjados, azules, rosas… que se combinan con maestría.

Un cuadro que retoma toda la tradicional iconografía inmaculatista (extraída de las letanías medievales) con su pozo de aguas vivas, su torre de marfil, su espejo sin mácula, o la luna creciente que se retoma de la mujer apocalíptica (Aquí explicamos con más profundidad todo su simbolismo)


Su composición marca una amplísima diagonal animada por las curvas de mantos y movimientos de ángeles, todo en pleno movimiento acompasado (como un Rubens contenido)


Y en el centro de todo la mujer de una belleza idealizada (¿tal vez su hija?) que nos parece increíble en el pintor de monstruos y mendigos


Pero además de todos estos valores, la Inmaculada de Monterrey significa todo un cambio compositivo en el modelo tan típicamente español, pues Ribera, tomando como modelo la Assunta de Tiziano, creará un modelo abierto, de amplios ropajes en vuelo, que acabará con las Inmaculadas cerradas e inmóviles anteriores (Pacheco, Velázquez, Zurbarán) y dejará el camino abierto a las famosas composiciones de Murillo.
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Os pongo unas imágenes para que podáis ver esta evolución

Ribera

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