lunes, 4 de abril de 2016

LOS FRESCOS DE TIÉPOLO EN EL PALACIO REAL. El triunfo de Eneas


Tiépolo se constituirá en el final glorioso de toda la pintura decorativa italiana que ya analizamos aquí a la vez que se convierte en el perfecto contrapunto de la última generación de arquitectos barrocos (encabezados por Juvara) que, bajo el influjo francés, intentan retomar una norma perdida desde finales del siglo XVII.
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Curiosamente, mientras estos arquitectos nos llevarán (en su depuración formal) hacia el neoclasicismo, Tiépolo se sumergirá cada vez más en el mundo ideal, exquisito y fantasioso del rococó. Una contradicción que, en el fondo, no lo fue, pues mecenados ambos por las casas reales (especialmente hispanas), encontraron en esta unión una imagen perfecta, la de la sobria monumentalidad exterior que da una imagen pública de la monarquía (desde Versalles al Palacio Real de Madrid) junto al refinamiento interior sólo presente en la vida privada, ambos unidos por una potente herencia clásica interpretada en diferentes claves.

En este amplio sentido habría que entender estos frescos de Tiépolo para el Palacio Real de Madrid, una glorificación de la monarquía realizada de forma amable pero espectacular que "aligera" la monumentalidad arquitectónica y recrea el mundo de forma rococó, sofisticada sin perder lo clásico.
Para ello se retoman las típicas perspectivas de sotto in sú de la pintura decorativa que iniciara Cortona, las aperturas de gloria de éxtasis y triunfos (como el que hiciera Pozzo en la iglesia de San Ignacio) y se le añade un colorido de tonos pastel y tonos claros y anatomías profundamente idealizadas que ya habían aparecido en la pintura de Luca Giordano para contar, como ocurre en este caso, las historia de Eneas, que es conducido al templo de la inmortalidad y Venus encomienda a Vulcano que le forje sus armas.

Todo un ballet de figuras de poses aristocráticas para un mensaje político que influirá en la técnica del primer Goya cuando realice sus primeros cartones para tapices.






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