lunes, 23 de febrero de 2015

LAS OBRAS DE BERNINI EN EL VATICANO


Igual que Bramante, Rafael, Sangallo o Miguel Ángel, Bernini participó activamente en la gran creación de San Pedro del Vaticano, la gran empresa comenzada en el siglo XVI y que terminará un siglo más tarde.
Aunque se sucederán los papas mecenas será Urbano VIII el gran iniciador del conjunto barroco

Sus actuaciones se centrarán en tres grandes ejes temáticos. En el el exterior creó la gran plaza elíptica que ya analizamos aquí, en sus brazos creó dos de los grandes sepulcros de los papas Alejandro VII y Urbano VIII, mientras que en el crucero y cabecera estableció toda una estrategia barroca sobre el espacio y los temas barrocos por excelencia.

A ésta última le dedicaremos este post.

Tres elementos conforman el discurso: las esculturas de los machones, el trono de San Pedro y el gran Baldaquino.

En los machones achaflanados que realizara Miguel Ángel, Bernini excavó cuatro nichos en los que se colocarían cuatro grandes esculturas que representaban a los principales santos de los que el Vaticano conservaba reliquias (Longinos y la lanza de Cristo, Verónica y su paño, San Andrés...).
De su mano es el magnífico Longinos sosteniendo la lanza que mataría definitivamente al Cristo. De estructura abierta, grandes paños flotantes y fuerte expresividad corporal es una de las mejores realizaciones del autor.

Con toda esta parte del programa se hacía hincapié en el fundamento histórico de la iglesia, edificada sobre la sangre de los mártires y los santos que se hacían objeto visible en las reliquias, tan demandadas en la época como una de las formas más extendidas de propaganda tras Trento, tal como ya estudiamos aquí.
En el altar realizaría la Cátedra de San Pedro, verdadera tramoya teatral que envolvía otra nueva reliquia, la del trono de San Pedro.
En un magma de madera y escultura dorada este trono serviría como sitial para el Papa, reafirmando así la continuidad de la iglesia en la institución del Papado que funda el propio Cristo en la figura de San Pedro.

Sobre toda la estructura Bernini abre un gran ventanal en donde se coloca una vidriera de alabastro (un transparente). La luz genera así un doble lenguaje: conceptual (la divinidad entendida como luz que ilumina al Papado) y emocional (creando un verdadero escenario de milagro, como tantas veces realizará con estas entradas de luz natural, perfectamente dirigida, que actúa como un foco de teatro para dirigir la mirada del espectador, como ya vimos en el Éxtasis de Santa Teresa)

Completando todo el conjunto crea el famoso Baldaquino, una construcción habitual de las iglesias paleocristianas (como lo fue en sus tiempos el Vaticano) y que el barroco utilizaba con profusión en las ceremonias públicas (los famosos palios que cubrían al Papa en sus salidas y que serán habitualmente utilizados en los pasos de Virgen en el barroco andaluz).

Ideológicamente servía como forma de santificación (protegiéndolo de las inclemencias del tiempo) de lo sagrado, en este caso concreto de la cripta en donde se encuentra enterrado San Pedro (de nuevo un elogio al papado que se está reforzando ideológicamente tras la Reforma).

Ópticamente, el baldaquino funciona como gran encuadre del la citada Cátedra de San Pedro, remarcándola en medio del inmenso espacio de la basílica desde la propia entrada, y creando así el punto de fuga perfecto del espacio longitudinal con el transparente celestial colocado en su centro.


Dentro del propio ámbito del crucero, el Baldaquino sirve como gran eje vertical que comunica visualmente el suelo con la gran cúpula de Miguel Ángel a la vez que integra los machones entre sí.


Para su construcción (inspirada en las arquitecturas efímeras) Bernini usó el bronce de las tejas de la entrada del Panteón (recogiendo así simbólicamente el pasado romano), creando cuatro columnas salomónicas (que giran en torno a un eje imaginario) que serán básicas en todo el mundo barroco (en España especialmente en el siglo XVIII).

Sus fustes se encuentran estriados en la parte inferior (dando un mayor sentido de giro y, por tanto de movimiento) y adornados por racimos de uvas en la superior (referidos a la Eucaristía).

Sobre esta estructura, unos paños figurados (en donde las bambalinas llegan incluso a ondear por una suave brisa imaginaria) con los escudos de la familia papal (sus famosas tres abejas) y una serie de caprichosas volutas (en las que intervino Borromini) que cierran en un movimiento contínuo toda la estructura.

Su creación fue un empeño técnico de primer orden, como puedes ver en este texto


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