miércoles, 25 de febrero de 2015

BORROMINI. LA PERSPECTIVA DEL PALACIO SPADA


Este es uno de los mágicos (y un tanto secretos) rincones de Roma en donde Borromini puso toda su invención para crear una fantasía típicamente barroca, semejante a las que hiciera el padre Pozzo o Cortona en sus pinturas ilusionistas.
El pequeño pasaje que se encuentra en el patio y no conduce a ningún sitio, pues tan sólo es un tour de force, un juego, una ilusión que tan bien ilustra el mundo barroco y su interés por lo sorprendente y, a menudo, simplemente impactante, que habría de servir de simple telón para las fiestas realizadas en este cortile.

En esto, la galería tiene mucho de arquitectura efímera, de tramoya casi manierista (en realidad tienen muchas semejanzas con el escenario del teatro olímpico de Vicenza, diseñado por Palladio e, incluso, retrocediendo un poco más, con las operaciones que hizo Bramante en su ábside de Santa María presso San Sátiro), y es muy probable que fuera utilizado, antes de construirse realmente, como un escenario efímero realizado en madera (o como afirman algunos autores, como una pintura escenográfica, realizada en el mismo lugar)
A simple vista sólo nos parece un simple juego arquitectónico. Un alargado pasadizo que... no es tal.
Lo que nos parece un largo trayecto apenas se consigue salvar con unos cuantos pasos, hablándonos (como Descartes) de la desconfianza sobre los sentidos.
Pues todo es falso. Trabajosamente falso. Un trampantojo en tres dimensiones realizado a través de nuestras incapacidades en la mirada.

Así convence al ojo con lo que el ya cree conocer, y le encamina hacia el fondo a través de múltiples líneas de fuga (entablamentos, repetición de columnas, incluso enlosado).

Por si esto fuera poco, nos coloca en el ideal punto de fuga una zona luminosa, una especie de pequeño jardín con arriates geométricos en cuyo centro de encuentra una escultura.

Todo está preparado para que el ojo sea engañado, y sólo el cuerpo (de nuevo la cenestesia de la que ya hemos hablado en varias ocasiones) nos puede explicar nuestro error y, como en un sueño, romper los encantos.
Quien comience a andar por el pasadizo comenzará a comprender que todo ha sido pura ilusión.
¿Cómo ha ocurrido?
A través de múltiples irregularidades que sólo entonces, cuando el cuerpo ha negado al ojo, comenzaremos a estudiar, ya convencidos que todos nuestros conocimientos a priori (los que nos sirven para la vida cotidiana) no nos han servido, pues se encuentran manipulados.
El suelo, según andamos, por él podremos sentir que se eleva, acelerando la perspectiva.


Según caminamos y nos medimos con las columnas nos daremos cuenta que van empequeñeciéndose, y no precisamente por efecto de la distancia, como habíamos creído.
Nos fijaremos en los entablamentos para al fin ver que están inclinados, acercándose así al suelo y forzando la percepción de las distancias.

Cuando lleguemos al pequeño jardín nos sorprenderá, incluso, que los setos eran de piedra pintada, y su forma en trapecio forzaba aún más la perspectiva.
Ya por último, la famosa escultura apenas si nos llega a la cintura.

Borromini ha jugado con nosotros. Esta vez no ha hecho palpitar la arquitectura como si fuera un corazón gigante. Nos ha manipulado no sabemos si por puro juego o para demostrarnos lo poco fiables que son nuestras certezas.
Su eterno rival, Bernini, reutilizó la idea en su escalera Regia del Vaticano.

Siglos después, una vez más, como ya ocurría en la Pedrera, Gaudí recogerá el guante en sus famosos pasadizos del Park Guell .


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