martes, 17 de abril de 2012

LA ESCULTURA ECUESTRE DE MARCO AURELIO

Ahora su original se guarda en el Palacio de los Conservadores de Roma, a resguardo de las lluvias, quedando su copia (fantástica) en el lugar que ideó Miguel Ángel, en la plaza del Capitolio.
Hemos ganado en seguridad pero perdido en efectos de claroscuro y autoridad que aún podemos ver en la copia, pues su destino originario fue el aire libre, las grandes perspectivas en las que se pudiera relacionar con el pueblo


























Su historia es verdaderamente curiosa, pues sobrevivió a la Edad Media por un simple error. Durante todos esos siglo fue confundido el emperador, creyendo que se trataba de Constantino, el creador del Edicto de Milán que permitió la práctica del cristianismo.
Por ello, su cuerpo de bronce no se fundió, como habitualmente ocurrió, y llegó a nuestros días, cada vez más famosa, entre otras cosas por una película, Gladiator, que nos dio una visión (bastante correcta) de este emperador filósofo  que odiaba la guerra y estuvo embarcado en una guerra casi permanente en el limes del norte.



Mucho de eso aún nos lo encontramos en la escultura, que nos muestra al emperador como togado (o como filósofo) en vez de militar con coraza, como era habitual en este tipo de esculturas que debieron ser muy habituales en la época y cuyo emplazamiento habitual era el ático de los Arcos del Triunfo.



Pasando revista a sus tropas, la actitud marcial de su brazo alzado (un motivo repetido en el retrato del emperador, como podéis ver en el Augusto della Prima Porta) se contradice tanto por su ropa como por la lejana melancolía de su gesto, alejado de la muchedumbre que le vitorearía






Pero la escultura es mucho más, y resulta uno de los más exquisitos documentos de cómo evolucionan las artes plásticas romanas.
Si se compara con los relieves del Ara Pacis de Augusto (casi dos siglos anteriores) podremos ver cómo ese carácter idealista griego (el neoaticismo se llamó) para retomar las tradiciones republicanas más favorables al realismo.
Fijaros en la cara y lo veréis, y aún más en el retrato (magnífico) del caballo, en donde veremos su venas bajo la piel.
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Por cierto, al igual que ocurre en la ya analizada Columna de Trajano, y además del realismo, es típico de la época el trepanado (pequeños agujeros en la materia) que producen claroscuro y, en conjunto, un fuerte pictoricismo que cambia según las horas del día.
Al parecer este motivo se origina en la barba de los emperadores, que se ha puesto de moda para tapar las cicatices de la batalla.



La obra (casi única en su género) ha sido un referente continuo en el arte renacentista y barroco. Pintores como Ucello , Castagno, Tiziano (Carlos V en la batalla de Mulberg) y, desde él, Velázquez o Rubens; escultores como Donatello (Gattamelatta), Verrocchio (Colleoni) o la multiplicidad manierista o barroca (como nuestro Felipe IV de Pietro Tacca) están en deuda con él.


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