sábado, 7 de enero de 2012

EL PARQUE JUAN CARLOS I. Un nuevo concepto de parque contemporáneo para Madrid


Un parque urbano, junto al metro (línea 5, El Capricho; línea 8, Campo de las Naciones), el Palacio de Congresos y el Aeropuerto, es un antiguo olivar que aún tiene sus recuerdos en el plano. Un espacio rescatado de la especulación en uno de los nuevos barrios representativos de Madrid. Un lugar con galápagos, posibilidad de pesca, alquiler de bicicletas o piraguas, lugar de vuelo de cometas, grandes praderas para tomar el sol, estufa fría, jardines de las tres culturas, o columpios de diseño. Un museo de escultura contemporánea al aire libre. Todo esto y mucho más es el Parque de Juan Carlos I que vamos a visitar en los distintos post.


Comencemos con una pequeña introducción

El parque fue inaugurado en 1992, según proyecto de los arquitectos Emilio Esteras y Luis Esteban. Se aprovechaba así la oportunidad (en la gran parte de los proyectos fallida) de Madrid como capital europea de la cultura que se entrelazaba con la Expo de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona.


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Su diseño, tanto global como de espacios particulares, se organiza en función de los nuevos planteamientos urbanísticos y paisajísticos del momento, siendo, con mucho, el mejor ejemplo madrileño de parque contemporáneo.


Su estructura gira en tono a una gran ría circular que rodea el gran interior. En ella el agua, generada por los propios manantiales de la zona, toma un protagonismo crucial dentro de todo el programa. En unas ocasiones sirve como gran espejo que genera curiosos paisajes invertidos, en otros, las cataratas y escalinatas de agua lo llenan de sonido.

Junto a estos medios el agua volverá a aparecer en un gran lago y numerosos juegos de agua como géiseres, columnas que se alzan más allá de sí mismas por medio del agua, pasarela de agua pulverizada, fuentes  de distribución aleatoria puestas a nivel del suelo en las que es imprescindible jugar e introducirse en ellas, o su exquisita utilización en el llamado jardín de las tres culturas.

 Junto a este elemento, el parque destaca por dos grandes aspectos: su arquitectura interna y sus esculturas. Dentro suyo tanto los puentes como la estufa fría (especie de invernadero), el balcón del río o la plaza central juegan con el metal y el hormigón en bruto para generar imágenes simples pero poderosas, que a veces nos hacen pensar en que estaríamos andando por medio de un cuadro de Chirico y sus mudas, inquietantes arquitecturas.
Atrás quedan las casitas y grutas artificiales de los parques históricos, y el lugar da una imagen de modernidad potente pero sin adornos, pues todos estos elementos, además de sus usos concretos, actúan como hitos verticales en el paisaje, se unen a él sin confundirse, creando una fuerte tensión entre lo natural y artificial que es común en todo el parque.

En cuanto a las esculturas, el catálogo es amplio y, en líneas generales, de alta calidad. La gran mayoría de ellas no son autosuficientes y cambiarían por completo en cualquier otro lugar, pues fueron pensadas con criterios paisajísticos, enmarcándose en los paseos y las vistas.






Pues quizás éste sea uno de sus rasgos fundamentales y más novedosos. En contra de las composiciones en perspectiva lineal herederas del barroco (como podrían ser las del Parque del Retiro), este parque propone una visión mucho más contemporánea, heredera en gran parte del cubismo. El paseante podrá rápidamente advertirlo en cuanto entre en él y las grandes sendas se entrecrucen en su camino. Deberá entonces tomar decisiones, jugar a ver el parque en redondo, siguiendo la ría, tomando alguno de sus caminos principales que le llevarán por él en caminos una y mil veces bifurcados, o siguiendo el sentido que le imponen las esculturas, que siempre le irán remitiendo de una a otra.

Por tanto, no habrá un parque único. Será un lugar subjetivo, cambiante según las estaciones y humor del visitante que podrá elegir entre el calor o la humedad, las amplias plazas o los pequeños, íntimos espacios recogidos en alguno de sus rincones.






Junto a todo esto es sumamente interesante ir dándose cuenta de un aspecto poco tenido en cuenta en la jardinería: las texturas
El parque horizontal juega constantemente con distintas El parque horizontal juega constantemente con distintas formas de enlosados (en colores y tactos), mezclados con la tierra o el césped, que irá marcando una forma diferente de ambiente, desde el totalmente urbanizado de la entrada desde el aparcamiento al completamente natural de los olivares antiguos, readaptados al diseño general, casi un campo en medio de la ciudad.



Sobre esta trama de tactos el parque desarrolla otra en tercera dimensión. Para adaptarse a la topografía de la zona y reutilizar los escombros generados por las propias obras, el parque juega con las cotas, y así nos encontraremos con distintos planos de altura, desde el más bajo del agua, en algunas ocasiones una verdadera trinchera, a las amplias vistas que nos ofrecen los montículos generados por escombros y ahora totalmente cubiertos de césped que nos ofrecen amplísimas visiones en perspectiva.



Como se ve la experiencia del parque es múltiple. En él se puede jugar con cometas, montar en el barco de la ría, pasear, ver arte o naturaleza casi en estado puro con otros lugares arquitectónicos, alquilar una bici o comer o cenar en las zonas más rústicas, en las que se han habilitado mesas de merendero. Hacer esto o visitar el jardín de las tres culturas, su verdadera joya maestra de jardinería.



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